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Enseñanzas

 
 
Las 613 Leyes 

 
 
 
 
45/613 – La pena de muerte

Richard Sipos Szabó (Zeev Shlomo)
 

Estas palabras concernientes a la pena de muerte, que se las encuentra tan a menudo recorriendo las páginas del Antiguo Testamento, suscitan una confusión bastante grande, una incomprensión y una cierta confusión en el corazón de los fieles de hoy. Aparte del libertinaje creciente promulgado en el mundo que nos rodea, - y que desgraciadamente influye mucho sobre nuestro modo de ver las cosas y también nuestra relación con Dios - estas Leyes que pueden parecer despiadadas, parecen totalmente contradecir las Palabras de nuestro Señor, las Palabras de nuestro Salvador.

Sin embargo, esta tensión y esta frustración están como un grito de alarma divino que resuena en los oídos de todos los que realmente prueban conocer a Dios y que evolucionan sobre la senda de la sumisión. Algunos podrían llamar la cosa: « buena conciencia », pero por mi parte, me limitaría a la expresión de Santo Espíritu.

Cuando leemos la historia de la mujer adúltera en Juan 8:1-11, las palabras de Yeshua no se sustituyen y no anulan la Ley según la cual esta mujer merecería la pena de muerte por lapidación. La única cosa que nuestro Señor declara aquí es: El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero.
Es por esta Palabra que Yeshua declaró la autoridad suprema y única del Mesías Soberano, el poder absoluto de Cristo. Por esta Palabra, Yeshua HaMashiaj decretó y hacia entrar en vigor la jurisdicción y el poder único y absoluto del Gran Sacerdote. El único desde ahora autorizado a devolver juicios. Declarando esto, recogió esta legitimidad de las manos de los hombres.

Antes de la era mesiánica y según las Leyes promulgadas por Dios, fue Dios mismo quien había encargado a los sabios de la comunidad de devolver los juicios y de hacer valer la verdad entre los hombres. Sin embargo, y ya en aquella época, no se trataba en ningún caso de un juicio arbitrario según el pensado y los deseos de los jueces, sino bien de un ministerio formado en entero conocimiento de las Leyes de Dios, en una imparcialidad perfecta. El título de juez fue otorgado por Dios y suponía la abstracción de las convicciones, de las opiniones personales y humanas de los jueces para poder, si llegara el caso, aplicar y ejecutar la pena merecida según la Voluntad de Dios. 

Totalmente como en los dos primeros Santuarios, la orden legislativa no cambió. Pero ya que el Tercer Templo, el Cuerpo del Cristo funciona como Santuario espiritual, en el seno del cual el único Gran Sacerdote, el único Cohen es Yeshua HaMashiaj en persona, Él es el único desde ahora y a partir de ese momento que tiene el derecho de juzgar y de condenar a quienquiera según la Ley de Dios. 

Yeshua mismo declaró en este verso que Él mismo no la condena, ya que como Yeshua (como Salvador), todavía no volvió a la fase donde retornará para juzgar como el Juez Supremo, habiendo recibido todo poder del Padre sobre el cielo y la tierra, como Rey Ungido… Incluso Él no la condena, por lo menos no todavía, ya que el tiempo de la clemencia aún no ha pasado. Sino por el Día en que Él volverá, y que será para Juzgar al mundo según las Leyes de Dios…
 

 

¿Qué pues, hagamos con la pena de muerte desde ahora?

El pecado existe completamente y actúa sobre nosotros. Sólo la Ley es capaz de descubrir y de juzgar el pecado por la acción del Santo Espíritu. Recibir la Gracia es también posible sólo después de que el juicio hubiera sido pronunciado.

Sí, el que está en el pecado es hijo / hija de la muerte. Debemos saber por la Ley que el espíritu que vive en cualquiera persona es portador de la muerte. Del mismo modo, esta espiritualidad es la prueba de su estado de muerte, incluso mucho más, esta espiritualidad tiene el derecho de vida y de muerte sobre esta persona ya que la tiene cautiva. Debemos saber que si somos pecadores, la Ley es no solamente válida para nosotros, pero sin el juicio y sin nuestra ejecución, nunca podríamos recibir la Gracia. Si no muero como viejo hombre, jamás podría resucitar en hombre nuevo, a quien solamente Cristo es capaz de devolver la vida en mí. Esto naturalmente no implica a mi muerte física y corporal, sino las antiguas espiritualidades realmente deben morir para que pueda nacer de nuevo como nueva creación, miembro del Cuerpo del Cristo. (Sin embargo la perseverancia y el estancamiento consiente en los pecados puede pronto o tarde llevar el pecador también a su muerte física).

Debemos saber según cual ley específica mereceríamos la muerte o algún otro castigo, para que, en conocimiento de causa, seamos capaces de prosternarnos delante del Gran Sacerdote e implorar Su Perdón.

 

¿Cómo proclamar la Ley y el Juicio sin juzgar y condenar a otro?

Debo saber con quién puedo estar en comunidad espiritual según la sensibilidad y la visión recibida por Dios. La persona portadora del espíritu de la muerte o de cualquier otro pecado puede contaminarme también si soy tolerante y si pongo el velo sobre el problema de manera humanista diciendo que no es mi asunto, que no tengo que ver nada allí dentro, y que « no pasa nada mi querido hermano ». Puedo, y debo reconocer el pecado por el conocimiento de las Leyes de Dios, para poder protegerme y proteger a los que me han sido confiados contra estas espiritualidades malsanas y asesinas. Sin embargo el ministerio hacia otros y el amor de mi prójimo, me prohíben juzgar y condenar a quienquiera que sea, pero tengo la obligación por mi parte, de proclamar la Ley siempre completándola por la posibilidad de obtener la Gracia. Mi puerta debe siempre guardar una cierta apertura para el ministerio. Sin embargo debo tener cuidado hasta cual punto yo dejo entrar a la persona manchada en mi espacio vital y espiritual. Debo lavarle los pies antes de pasar la puerta y de dejarle entrar en mi tienda, en mi comunidad fraternal, pero debo abstenerme de querer lavarle la cabeza y el cuerpo también, porque sólo el Gran Sacerdote es capaz y tiene el derecho de cumplir este ministerio…(Jn 13:4-10)

El fariseísmo cristiano conoce (en parte) la Ley con la cual ataca y juzga a otros en el sitio de Dios y de Cristo. La Ley debe ser conocida enteramente para recibir una visión pura sobre el mundo exterior y sobre mi prójimo. Esta sola visión basada en la Palabra de Dios es capaz de mostrarme donde debo cumplir cualquier ministerio; cuál Palabra, cuál Ley debe ser pronunciada, en cuál situación y a los oídos de quién, para alcanzar y salvar la persona que me escucha. Pero cada vez, la proclamación de la Ley y del juicio debe ser seguida y completada por la posibilidad de arrepentirse y de la Gracia de Cristo como salvavidas.
Durante los ministerios fariseos, esta última acción está generalmente ausente…


Traducción del húngaro: Richard (Zeev Shlomo) 

 
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